

Virgilio Claver, "Pregonero - Autor"
Se abren las puertas
de la historia para un nuevo parto de alegría: ¡Llegaron los carnavales! ¡Buenas
noches, Chipiona!.
Gracias, señoras y señores. Gracias pueblo querido, gracias a
todos. Muchas gracias a mi gran amigo Luis Fuentes, cuyas palabras de presentación, más
que ajustarse a la verdad vital y humana de este pregonero, son sin duda el testimonio de
una gran generosidad y de sus afectos. Gracias Luis. Muchas Gracias a todos los que
pusieron mi nombre en aquella línea en blanco reservada al pregonero y, en especial, al
alcalde Justo Masot, al Concejal Delegado de Fiestas Vicente Zarazaga y al equipo que con
él colabora. Y muchas gracias de verdad, de corazón, a ustedes peñas carnavalescas y
pueblo de Chipiona - y a los amigos que nos visitan - por estar esta noche aquí con
nosotros. Gracias, repito, porque son ustedes la gente verdaderamente importante en todo
esto; porque son ustedes la flor y la nata; porque son ustedes el principio y el fin;
porque son ustedes el efecto y la causa de todo este tinglado que a partir de ahora mismo
comienza: los carnavales de Chipiona. Los carnavales de Chipiona que son la gran fiesta de
la alegría, la gran fiesta del disfraz y de la copla, la gran fiesta de las raíces de un
pueblo y de su historia, sacadas a flor de los sentimientos. Muchas gracias, Chipiona.
Este es el momento en que empezamos a olvidar la gran problemática del mundo y la mediana
o pequeña problemática cotidianas, para empaparnos de fiesta. El fenómeno imparable de
los carnavales de Chipiona, nos van a remontar por encima de las miserias terrestres para
colocarnos, de súbito, en el cielo de la risa y del cantar, en el gozo del encuentro
chipionero, en la gloria del ayer y del mañana, en el triunfo absoluto del genio
imaginativo inagotable, que la gente de Chipiona derrocha a los cuatro vientos cuando
llegan los carnavales. Porque son ustedes, los que llenan esta plaza, y nosotros los que
pasamos por este escenario, los que hacemos y constituimos el carnaval.
Aquí en Chipiona, y a partir de ahora, no vamos a pensar en otra
cosa. Todos a una, como movidos por la voluntad unánime de un impulso encantado, nos
vamos a colocar el disfraz de la ilusión y vamos a descorchar la botella de las sorpresas
que a lo largo de todo un año hemos llenado a presión con los ensayos del tanguillo, el
pasodoble, los cuplés o el popurrí. Que hemos llenado con laboriosidad precisa, mientras
día tras día, noche tras noche, hemos ido dando forma y carácter al proyecto ilusionado
de una carroza, a la uniformidad cromática de los disfraces de grupo o a la singular
explosión satírica de los disfraces individuales o de pareja. Los chiquillos
abandonarán sus juegos cotidianos y echarán mano del bombo, el platillo y la caja para
lucir por las calles su habilidad prematura en el recorte chirigotero. La gente joven y la
gente madura, que hasta hoy mismo han prendido el último copo de ilusión en su proyecto
carnavalero, pondrán en sus ojos la picardía de un guiño de complicidad escondido en un
disfraz de antología. Y los viejos del lugar, entre risas y jolgorios, evocarán sus
viejos tiempos carnavaleros, resucitando para un corro de amigos una letrilla olvidada:
(CORO)
"El que por puro capricho,
quiera verse flaco y roto,
no tiene más que tomar,
un tajo de los del coto.
Pregúntaselo a Perico,
el hijo de la Ninina,
que el pobrecillo en el coto,
allí encontró su ruina.
Quien le puso el tercio de extranjero,
no le puso ni una coma de más,
porque en el coto los pobres tajoneros,
trabajan medio en cueros
y se acuestan sin cenar
Los carnavales de Chipiona no se van a acabar nunca. De la
misma manera, de la misma manera que ahondamos en la historia del pasado, buscando el
momento preciso de sus principios y nos perdemos por los entresijos del tiempo sin haber
encontrado una respuesta definitiva, lo mismo, esta explosión de fiesta callejera que son
los carnavales, acudirán puntuales en cada Febrero de cada año, de cada siglo, de cada
milenio hasta el final de los tiempos. Pasarán los carnavales por encima del periodo
vital de nuestra existencia terrena y se convertirán en la referencia constante de la
civilización chipionera y gaditana. Si jugamos un poco a la fantasía, tan propia del
tiempo carnavalesco, y damos por cierta aquella vieja creencia de la reencarnación de las
personas, ocurrirá que al cabo de miles de años aparecera por un lugar que en tiempos
fue conocido como "La Cruz de la Mar", un personaje singular llamado Cristóbal,
despistado, confuso. ¿Quién soy? - se dirá - ¿Y esto qué es? ¿Dónde estoy? - se
preguntará -. Hasta que un soniquete de caja, bombo y platillo, el rum-rum cansino de una
rompiente cercana y la algarabia callejera del lugar en fiestas, le harán exclamar:
"¡Joé, esto es carnaval! ¡Si estoy en Chipiona! ¡Soy el Muralla!". Porque el
carnaval será una cadena eterna. La señal imborrable en el tiempo, del lugar dónde
venimos y hasta dónde vamos a llegar.
El carnaval se cuece en la esencia misma de la gente de Chipiona, de
esta curiosa gente que se encara cada día a la dinámica de la vida popular y se recorta,
paciente, mientras el anecdotario cotidiano circula de boca en boca por las esquinas de un
viejo urbanismo. El casco urbano de Chipiona, convertido en la olla que hierve a
borbotones con la sátira y el saber. La gente, con su gracia, su sal y su pimienta. Son
ésta la gente que hicieron historia con la impronta de su chipionerismo puro: Fernando
Renacue, Pepillo el de Juana, Fernando Mohedano, Baldomero Ceballos,... (la lista sería
interminable). Y son las esquinas, el accidente físico a partir de las cuales se
trazaría la configuración chipionera. Sobre cualquier esquina, al amparo de una recacha
mañanera, recostarán sus espaldas los contertulios del análisis y de la crítica. Todo
pasa por el cernidero satírico de este Senado sentencioso: la mocita presumida que no
sale de casa porque le ha salido un bulto a destiempo; el mal negocio de uno que quiso
pasarse de listo y le dieron gato por liebre; la última cacicada de cualquiera de los
amos del lugar; un incendio apagado a mantazos; una riada; el bochorno de un marido
traicionado. Las esquinas fueron por la noche el parapeto desde el que los mozos acechaban
a sus primeros amonos, el menero de urgencia de un trasnochador en apuros o el recodo
propicio para la aparición de un fantasma que de improviso se ponía delante de
cualquiera, como una cortina de humo para tapar la colaera de un alijo de contrabando.
¿Es o no es todo esto la representación realista de un continuo carnaval?.
Las esquinas, cada una con su nombre propio y sus características,
formaron parte del devenir ordinario de Chipiona. La más emblemática, la esquina del
Colmao, con el bar de Paco el del Colmao y el carro de Cristóbal el Cosario, dispuesto
para salir o a la vuelta de su viaje diario a Sanlúcar. Aún de sabor más rancio, las
Cuatro Esquinas, con la Tienda de Eduardo y Aurora poniendo sobre el viejo mostrador un
vasito de mosto. Y allí mismo, un joyuelo escarbado entre los adoquines de la calle Larga
para jugar al bolo. La esquina de la Plaza, la más transitada, ahí mismo, en esa
esquina. Llamada también la esquina del cine, con el puesto de El Pelota y un esportón
de piñones tostados a dos reales la medía. Y aquí, la Plaza de Abastos, ésta que
ocupamos en estos momentos, con dos hileras de puestos, una a cada lado. De una parte, los
puestos del pescao. De otra parte, la verdura, la fruta y el puesto de despojos de Alambre
el Carnicero, escondite perfecto al atardecer para que los chiquillos jugáramos al zurri.
Y miren ustedes por dónde, y hasta qué punto las fiestas de febrero calan entre la gente
de Chipiona. El puesto número uno del pescao, el primero de esta banda empezando por
aquella esquina, lo regenta un hombre cuyo pregón del pescao es una lucha continua contra
su ronquera crónica: Carnaval el Viejo; en el segundo puesto, Francisco Carnaval; en el
tercero, Raimundo Carnaval,... Y así, el carnaval de Chipiona formando parte siempre de
la propia vida de las personas. Ahí está, como ahí está, también, la Esquina del
Chuti, con el cine de Caballero tan cercano, donde parece que ayer mismo ponían la misma
película de cada año "A MI, LA LEGIÓN" para que a la salida, un viejo
legionario de Chipiona llamado Murillo, con su jumera perenne y tó-colorao, desbordara su
emoción a voces: ¡Viva el Tercio! ¡A mi, la legión!.
Y desde este crisol al rojo, fundidor de vivencias, coplas y sentires
que fue el casco urbano de la Chipiona tradicional, llegaron los aires expansivos del
pueblo, sepultando y suplantando la proximidad rural de los pagos más cercanos. Y
detrás, la semilla carnavalesca reprodujo en estos nuevos barrios los brotes saludables
de las nuevas comparsas y chirigotas, de los nuevos grupos familiares y de las nuevas
agrupaciones de cabalgata. Se extendió el pueblo y se extendió, al mismo tiempo, el
sentir carnavalesco como una marea que todo lo inunda. Quedaron sepultados los pagos de La
Alcancía, La Pachá, La Cruz Mataserranos, La Caeta y El Tango y surgió, desde allí, el
mismo ímpetu y la misma vida camavalesca que sobrevuelan los tejados de la Chipiona más
antigua. Llegado el mediodía del domingo de Cabalgata, como una caravana múltiple de
ritmos camavalescos, de música y de c~~or, las agrupaciones del extrarradio desfilan en
sentido convergente hacia el punto de partida, con el aire propio de los invasores, que
buscan la conquista de un pueblo, de la calle y de las propias multitudes. Esta es,
señores, una de las más bellas maneras que los chipioneros empleamos para hacer el
carnaval. Así nace, así crece, y así se reproduce la fiesta que no puede morir nunca.
La fiesta que se transmite de boca en boca y de generación en generación, sobreviviendo
como un dragón de las siete cabezas, por encima de las guerras, del tiempo y de la
historia.
No sabremos nunca con absoluta claridad si el carnaval es una manera
de ser y sentir las cosas o es el espíritu carnavalesco, gaseoso y picante, procedente de
las culturas que pasaron por nuestro suelo, el que modela, perfuma y da sabor e ingenio al
elemento humano que por fuerza constituimos este pueblo. Lo cierto es que el carnaval y el
hombre, el hombre y el carnaval, se funden de una manera mágica y vierten su contenido en
este fenómeno portentoso. No existe en el mundo ingenio más fino, no existirá poeta
más incisivo ni filósofo más profundo, que un hombre o una mujer nacidos en esta tierra
y puestos a crear en los tiempos de carnavales.
Así, en febrero de 1992, mientras tenía lugar la guerra del Golfo,
una emisora de radio entrevistaba a uno de esos personajes de la Bahía que llevan el
carnaval calado en los huesos. Habían enviado al Golfo un contingente de españoles, por
lo que en algunos pueblos del país decidieron suspender las fiestas. El locutor de turno
- muy fino él -también preguntó a nuestro hombre: "¿Suspenderán ustedes alguno
de los actos programados?. ¿Suspenderán ustedes los carnavales?". La respuesta fue
tajante: "No, mire usté. Aquí no vamos a suspender ningún acto, ni vamos a
suspender los carnavales. Aquí no se suspende ná. ¡Que suspendan la guerra!".
(PAUSA). Claro, esa es la respuesta. "Que suspendan la guerra". Ahí está la
respuesta sublime de un hombre gaditano, que pudiera ser lo mismo, la respuesta de un
hombre chi-pionero. Imposible ser más fino ni más profundo. "Que suspendan la
guerra". Ese es nuestro retrato y esa es la sabiduría que derrochamos en el momento
justo y en el lugar exacto. Nunca ni nadie se va a remontar por encima de nosotros a la
hora de ser críticos y contestatanos. Repasen ustedes la historia de los carnavales de
Chipiona. Desde cuando ustedes quieran. En forma de grupo, en forma de carroza o en el
repertorio de los que usan la copla como forma expresiva, se encontrarán,
invariablemente, con el humor burlesco y critico que genera, al fin, la sátira más
variopinta y la risa. La auténtica personalidad de los hombres y las mujeres de Chipiona.
¿Y eso por qué?. Pues muy sencilío. Porque los chipioneros no salimos, como todo el
mundo, de una figura de barro y un soplo milagroso, no. Nosotros salimos de la grea, como
la que yo cogía en los charcos de la Lagunilla, y recibimos el soplo de vida en el
Callejón del Aire, que viene de los corrales oliendo a ceba y a piedra ostionera. Esa es
la chispa mágica que se traduce luego en las letras y en las figuras de carnaval. Esa es
la clave de las señas de identidad que los chipioneros paseamos por el mundo.
Yo les decía antes: "Repasen ustedes la historia del carnaval
de Chipiona". Pues bien, repasemos solamente algunos de los títulos de los coros,
comp~rsas y chirigotas, que son los que cantan, o de aquelíos otros que pasean su arte y
su saber en forma de grupos de cabalgata. Es un hermoso mosaico de humor, de sátira y de
cultura, que podríamos elevar a la categoría de Real Academia Carnavalera de Chipiona,
por su palpable contenido crítico, poético y literario.
Veamos:
"Los Rábanos
Simientes" y "Los Chipichanda", fueron todo un canto de picardía y soma
con la primera retama de Mariños en ristre y ese singular personaje veraniego que todos
conocemos, al fondo.
"El Último
Emperador", "Fantasía Veneciana", "Fantasía Húngara" y
"La Corte del Rey Arturo", nos trajeron entre lujos y cromatismos
espectaculares, los misterios del oriente más lejano, la dulce estampa del espíritu
mediterráneo y el vestigio de las complicadas intrigas de la Europa del pasado.
"Floristas
Goyescos", "Recuerdos de España", "Príncipes y Mendigos",
"Arqueros de Fantasía" y "Aires Bandoleros", recogen lo más granado
de un mundo romántico de arte, de amores y de aventuras.
"Atlántida"
y "Dioses del Olimpo", la mitología rescatada de la frialdad de los textos y
puesta en la calle con el sello del carnaval.
"Mi
Pueblo", "Con mi forma de quererte", "De Salmedina a la Orilla",
"Hijos del Campo y de la Mar", es la Chipiona íntegra, la Chipiona íntima y
localista, la Chipiona de siempre servida en la copla de quienes más la quieren y más la
adoran.
"Amor
Brujo", "Molinos de Viento", "El Descubrimiento de América" y
"Las Cortes de Cádiz", toda una lección de magisterio desde las cátedras de
Música, Literatura e Historia. Y el monumento de la Constitución de 1812, como la
reverencia más sentida a la más genuina estatua de la libertad. Emocionante.
Son muestras, más que suficientes, de la sublime capacidad de
creación del hombre y la mujer de Chipiona en su concepción carnavalesca. Y somos
nosotros, son ustedes, especialmente, los que hicieron estas cosas y los que las seguirán
haciendo. La gente que nos tropezamos a diario, cada uno inmerso en su mundo social y
profesional. Por aquí andan los pregoneros de carnavales anteriores - que no hace falta
citar a ninguno porque a todos los tenemos presente -, por aquí andan los autores de
carteles, los letritas, los componentes de grupos, los que diseñan y los que trabajan en
la sombra, los que tocan y los que cantan. Y no cito a ninguno - como acabo de decir -
porque sus nombres, sus caras y su obra no se nos olvidan nunca. Por aquí andan,
salpicando la geografía urbana del casco antiguo y de los nuevos barrios, las peñas
carnavalescas que tanto tienen que decir en el carnaval de Chipiona. La Peña del Chusco,
como un nido arrinconado donde los carnavaleros de aquí y los de fuera, recibimos cobijo
y afecto. La Peña Cruz del Mar, donde fluye la música a cuatro voces con sabor a
cañaillas. La Peña del Mono, cuna y raíz de los nuevos y los viejos carnavales. La
Peña Félix Rodríguez de la Fuente, que desde la Cruz Mataserranos muestra su particular
estilo carnavalesco. Y las Peñas La Comparsa, El Tango los Negros y El Giraldillo,
creando entre todas un tejido primoroso de entusiasmo y de fiesta callejera.
Hay que recordar, también, y como no, a los ausentes, aquellos a
quienes el Destino les deparó otra cosa. Manolo Camacho "El Chusco" que sembró
las calles de Chipiona con el trigo de su chispa carnavalesca. David, que con su felicidad
en fiestas, nos hizo a todos más felices. Antonio Arjona, que tantas cosas dio de sí
volcado en su peña. Manuel Lorenzo, Manolete, que fue capaz, en cada carnaval, de dar la
vuelta a sus dificultades de vida para ser un hombre diferente. Y Gabrielito, desaparecido
recientemente, con una guitarra huérfana, cuyas cuerdas vibran aún sus últimos
rasgueos. Son ellos, entre otros, los que figuran ya en esa Oria de Honor de Licenciados
por el Carnaval, para que su figura y su obra permanezcan entre nosotros.
Y por aquí andan -¡claro!- en este tiempo de carnaval, las mujeres
de Chipiona, inagotables en su afán diario de trabajo, creando, riendo, hasta esta misma
mañana perfilando el disfraz y sobre todo, cantando al cielo chipionero las verdades del
día envueltas en un lío, entre pitos y serpentinas, regalando su extraordinaria belleza
que le rebosa por las piqueras de sus atributos. Hace un momento se han mostrado sobre
este escenario como un ramillete de flores del paraíso. Ellas son, por encima de todas
las flores que se producen en nuestros pagos, las auténticas flores de Chipiona. Son
todas de tallo esbelto, en sus mejillas lucen la suavidad de los pétalos más delicados y
en sus ojos brillan las estrellas que pueblan el firmamento chipionero. Son guapas a
rabiar. Sólo siete han pasado por este escenario, pero debían ser la multitud de
extraordinarias mujeres de Chipiona que, junto a su belleza apabullante, nos ofrecen su
gracia y su sonrisa. El carnaval de Chipiona opera cada año el milagro de transformar en
perla, aquello que hasta un momento antes era una flor. Maite Racero Lorenzo, al mismo
tiempo que toma posesión de su concha, toma posesión del carnaval y de todos los
chipioneros. A partir de este momento y desde su Olimpo de fantasía, Maite irradiará
gracia y alegría para colmar hasta el infinito el sentido carnavalesco de la fiesta ¡
Gracias Maite Este es tu pueblo. Estos son tus carnavales.
El pregonero se despide, pero antes, Maite, baja de ese balcón, baja
con tu corte florida y vámonos todos de carnaval. Por ahí resuena ya la música que nos
lleva al cielo, como resuena el cantar de la alegría. Ya no esperamos más, que Chipiona
revienta de carnavales. Ha llegado el gran momento. El momento cumbre de una fiesta en la
que el pueblo se vuelve a sus propias raíces. Pongámonos el disfraz que a todos nos hace
iguales y a todos nos hace diferentes. Vámonos de carnaval, que entre luces, entre risas,
entre músicas y cantares, llegaremos al universo fantástico y feliz, donde el hombre de
Chipiona (y cuando digo el hombre quiero decir el hombre y la mujer de Chipiona) repito,
donde el hombre de Chipiona parece que nace otra vez, donde el hombre de Chipiona vuelve a
sentirse de nuevo, hombre. Y nada más, señores.
¡ Viva el carnaval!
¡ Viva Chipiona!
¡ Chipiona, muchas gracias!.
Virgilio Claver.
PREGONERO
21 - Febrero - 1998.
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