Noticias del
Carnaval 2002

El Romance de la luna, luna muerta
de risa
Andrés Gómez de la Torre y Joaquín Rodríguez Lorenzo recitaron su particular
crónica del año
Á. ROMERO BERNAL/CHIPIONA
En Chipiona parece seguir vivo el regusto por que las coplas
las cante el pueblo, le duela a quien le duela. Cual trovadores con más picardía
que rima, Andrés Gómez de la Torre, que fue concejal en su tiempo de IU y que
recibió el Chusco de Oro el pasado año de la peña carnavalesca del mismo nombre,
y Joaquín Rodríguez Lorenzo, a la sazón presidente de dicha institución
cultural, se disfrazaron de Obélix y Asterix, respectivamente, con la lección
bien aprendida, aunque, a la hora de actuar, sus despistes parecieron detalles
del repertorio, para cantar el romancero, pieza teatral carnavalesca que, pese a
que sólo cuenta con tres años de antigüedad en Chipiona, ya ha vislumbrado
seguidores con más ganas de críticas voraces que de ruido guasón.
El Romancero de este año no se celebró en la peña El Chusco, sino en la peña
Bética, aunque igual de chusco lo vieron los protagonistas de las 18 viñetas que
fueron acompañadas por seis versos maliciosos de Andrés y Joaquín al alimón. La
actuación no dura demasiado, apenas veinte minutos, pero por la vara de maestro
de Andrés pasó todo un año de acontecimientos políticos, sociales y culturales
que ahora, con la cosa cachonda del Carnaval, adquiere rasgos humorísticos
difícilmente desechables.
Los trovadores empezaron por lo más reciente: la entrega del Chusco de Oro a
Andrés Gómez de la Torre, en clave de cómic, claro. Y a continuación, la parodia
de unos Reyes Magos que salían despedidos de pura inercia por culpa de la
velocidad insólita a la que circulaban las carrozas. Fue un comentario
generalizado en Chipiona que en el Romancero se despachó con una viñeta y un
comentario jocoso.
Ninguna viñeta tenía desperdicio. Unas versaban sobre el protocolo de Dolores
Reyes, “más propio del presidente que de nuestra alcaldesa”. Sólo le falta,
decía el Romancero, “otro guardaespaldas y un peinado diferente”. Otras viñetas
trataban el polémico asunto de las palmeras de las avenidas de Rota y Andalucía,
sobre las que aparecían monos cocoteros y un Tarzán encargado de talarlos.
El cambio de estación de autobuses durante los meses de verano fue también
excusa para una viñeta, con mucho turista sevillano y mucho miarma, qué calor.
Tampoco se escaparon del romance los coches nuevos de la Policía ni los
políticos haciendo de campanilleros durante las fiestas navideñas y
conteniéndose para no traicionarse con pellizcos por lo bajini.
Uno de los asuntos más celebrados por la comicidad que arrastra después de
tantos intentos y tantos fracasos es la construcción del nuevo instituto, cuya
ubicación ha sido tan largamente discutida. “Dónde colocamos el instituto, Lola:
aquí o aquí, aquí o aquí...”, cantaban divertidos.
Lo más oculto y más divertido por cierto era la presencia en todas las viñetas
de un personaje con cara de asombro, gafas y bigote, que miraba pasar los
acontecimientos desde un margen, quizás el de la política. ¿Imaginan de quién se
trata?
Reyes llevó a Torres Vela para que se riera
Á. ROMERO BERNAL/CHIPIONA
Andrés Gómez de la Torre recibió una llamada al móvil justo
cuando no lo esperaba y de quien menos. “Soy Javier Torres Vela, que vamos para
El Chusco para nos hagas el Romancero”, le dijo una voz. Él no deja de reconocer
que le sorprendió bastante que el mismísimo presidente del Parlamento andaluz lo
llamase personalmente a su móvil. Pero Torres Vela no era entonces presidente de
nada, sino devoto sin condición de una fiesta liberadora. Además, en Granada,
había de contarle luego a Gómez de la Torre, se hace algo muy parecido al
Romancero, y su mujer [la de Torres Vela] estaba impaciente por ver la
representación en Chipiona, sobre todo después de que viera en el televisor del
hotel la última viñeta en la retransmisión de la televisión municipal de
Chipiona.
De modo que Gómez de la Torre y Joaquín Rodríguez se pusieron sus trajes galos
de nuevo y recitaron lo aprendido con el mismo desparpajo en El Chusco. Ni
siquiera se cortaban por que la alcaldesa era una espectadora más, sino todo lo
contrario. “Si ella había traído a Torres Vela y era consciente de lo que íbamos
a contar, es que no éramos groseros”, dice Andrés.
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